El recurrente problema gnoseológico

Alguien dijo alguna vez que la historia del pensamiento es la eterna discusión entre realistas e idealistas. Así, podría decirse que el primer dúo memorable de la historia fue griego: de un lado Platón, convencidísimo de la existencia material de las abstracciones postuló su famoso universo dual, y en el otro, Aristóteles, para quien había cosas que eran “evidentes” y contra ello, nada había que argumentar. El sentido común aristotélico, gozó de muy buena prensa y fue la perspectiva oficial durante gran parte de la historia del pensamiento occidental, hasta que tras algunas idas y venidas, comenzó a resquebrajarse . El escepticismo golpea así al realismo ¿acaso no era lícito dudar de lo evidente? Avanzando la modernidad, el problema metafísico se define como un problema gnoseológico instalándose en el centro de la filosofía. Luego sobrevino el empirisimo, el racionalismo, el realismo trascendental (o crítico), el positivismo...
¿Podemos conocer la realidad? ¿En qué medida? ¿Tiene sentido hacernos esta pregunta? ¿Acaso el progreso científico no puede prescindir de estas especulaciones? Pareciera que no, porque tarde o temprano, esta duda, se hace presente y vuelve a surgir, como si nunca nadie antes lo hubiera pensado.
Al respecto, algunos científicos, como Planck, pensaron que existía una realidad y esta era externa. Por lo tanto, esta realidad, era independiente de nuestra percepción de manera tal que resultaba posible realizar apreciaciones objetivas sobre ella. Einstein y Galileo, podrían alistarse en esta línea filosófica. Para estos científicos, los modelos teóricos que explican la realidad, pueden moverse con tranquilidad en el terreno especulativo, ya que la realidad puede alcanzarse y comprenderse a través del intelecto. Estos realistas, herederos del mismísimo Aristóteles, confiaban en el intelecto humano de modo definitivo y contundente.
En la vereda opuesta, bajo la sombra del escepticismo, científicos como Niels Bohr, Werner Heisemberg o Ernest Mach, sostenían que la existencia o inexistencia de la realidad externa, les era indiferente. Porque de todas formas, esta, en última instancia, resultaba inalcanzable. Inscriptos en el positivismo y desechando preventivamente toda posibilidad de especulación metafísica (más allá de la física y de lo observable), advertían que lo único en lo que legítimamente podemos confiar, es en lo que podemos verificar empíricamente.

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Es interesante al respecto la controversia que se dio en relación a la existencia de los átomos. La teoría atómica tuvo muchas idas y venidas, siendo sus orígenes meramente especulativos. Como tantas otras cosas, esta curiosa y original idea, también fue mérito de los griegos. Demócrito y Leucipo en el 500 a.C. buscaron resolver el enfrentamiento planteado por Parménides y Heráclito, postulando un universo hecho sólo de átomos y vacío. La historia es larga, y como se habrán de imaginar, muchos átomos habían corrido ya bajo el puente cuando Enest Mach aún desconfiaba de la teoría atómica, puesto que algo sensorialmente imperceptible, no podía ser objeto de estudio de la ciencia. Pero lo cierto es que a medida que avanzaba el siglo XX, tras varios descubrimientos relevantes, el consenso científico se inclinaba contundentemente en favor de la teoría atómica. Parecía que al fin y al cabo, los átomos existían.
La moraleja pareciera ser que podemos avanzar sobre nuestras limitaciones sensoriales. Las explicaciones que elabora el hombre, aun a ciegas, parecen funcionar a través de diferentes etapas de aproximación. Podemos especular y a veces nos sale bien. De todas formas, el camino hacia el conocimiento es sinuoso y se eleva riesgoso sobre el abismo del dogma y la fascinación.
Se suele pensar que este tipo de discusiones pertenecen al quehacer exclusivo de filósofos y científicos. Sin embargo, estas ideas subyacen a nuestra interpretación de la vida, e incluso al modo mismo en que tomamos decisiones cotidianas. Es difícil desprendernos de la concepción gnoseológica interna que cada uno tiene al respecto, y (creo) cuando tomamos partido por alguna de estas alternativas, lo hacemos anclados en una certeza intuitiva.

Fuente:
http://cruzandopalabras.idoneos.com/index.php/El_recurrente_problema_gnoseol%C3%B3gico

martes, 6 de abril de 2010 en 21:34 , 0 Comments

Dudar a cualquier precio

dudaba tanto que hizo de la duda un método, pero no pudo dudar de su dudar. Entonces llegó a una certeza, a un axioma-piedra fundamental.Siempre ví que la trampa del racionalismo cartesiano es un dogmatismo disfrazado de escepticismo.
¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de dudas?
Creo que algunas veces cuando hablamos en este foro sobre dudas y certezas, mezclamos algunos niveles de discusión.
La primera, es la duda gnoselógica, o digamos, “intelectual”... me gusta definirla como un discreto que nos hace cautelosos y analíticos. Esta duda se resuelve con una etiqueta de , lo cual nos da un lugar en el mundo... ¿o no? Autodenominarnos es una suerte de certeza, pero bueno, tampoco pretendo hilar tan fino... sigamos...
Si hacemos algo más que pensar y somos consecuentes con esta duda, pasamos a un segundo nivel. La duda nos recordará a cada hora que no vivimos en un mundo absolutamente predecible. Que somos incapaces de controlar las variables que caen fuera de la esfera de nuestra voluntad, que no tenemos ninguna seguridad respecto al pasado (porque podemos haber olvidado o ignorado) ni respecto al presente (porque se va de nuestras manos y no podemos atraparlo) y tampoco (mucho más obvio aún), en relación al futuro.

Fuente: http://cruzandopalabras.idoneos.com/index.php/Dudas_y_certezas

en 21:31 , 0 Comments

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